En días pasados tuve la oportunidad de facilitar una serie de talleres en Centro Suba e Iserra 100, gracias a la invitación de Conservación Internacional Colombia, organización que por más de tres décadas ha trabajado por la sostenibilidad ambiental en el país. Este espacio no solo permitió el intercambio de saberes, sino también la conexión entre distintas formas de habitar el territorio desde la ciudad.
Es importante resaltar que ambos centros comerciales están comprometidos activamente con la sostenibilidad. En sus instalaciones cuentan con puntos de acopio para la correcta disposición de residuos como electrónicos, pilas, baterías dañadas, medicamentos vencidos, empaques de residuos peligrosos, textiles y botellas de amor. Además, disponen de canecas especiales para el manejo de los desechos de mascotas, los cuales posteriormente son transformados en compostaje. Estas acciones reflejan una apuesta concreta por promover prácticas responsables y facilitar la participación ciudadana en el cuidado ambiental.
Uno de los aspectos que más resuena de estos procesos es el enfoque en la gobernanza del agua y la adaptación al cambio climático. Son temas urgentes que, aunque suelen abordarse desde lo institucional, también encuentran una poderosa expresión en lo comunitario. En este contexto, fui invitada a compartir la experiencia de Maya Tejedores de la Tierra, un proceso que apuesta por la agricultura agroecológica como una forma de aportar a la sostenibilidad desde lo cotidiano.
Durante los encuentros en Centro Suba, fue evidente el interés de las personas por comprender la agricultura más allá de un simple proceso productivo de alimentos. Se abrió un diálogo en torno a la agricultura como práctica cultural, política y ambiental, capaz de fortalecer vínculos comunitarios y promover relaciones más armónicas con la naturaleza. Estos espacios permitieron reflexionar sobre la importancia de reconocernos como parte de ecosistemas vivos, donde cada acción tiene un impacto.
La agricultura urbana se posiciona, en este sentido, como una herramienta clave para la transformación de las ciudades. No solo contribuye a la seguridad alimentaria, sino que también fomenta la educación ambiental, la recuperación de saberes y la construcción de comunidad. Los ejercicios de sostenibilidad que emergen de estas prácticas son fundamentales tanto para las comunidades como para la sociedad en su conjunto.
Es valioso que estos escenarios continúen fortaleciéndose, pues permiten visibilizar el trabajo de colectivos y ciudadanos que están construyendo alternativas frente a los desafíos ambientales actuales. La agricultura urbana no es solo una respuesta, sino también una invitación a repensar nuestra relación con el territorio.