Hace más de doce años decidí comenzar una huerta urbana en el patio trasero de mi casa en Bogotá. Lo que empezó como un pequeño experimento se convirtió en una escuela de vida. Sembrar, cuidar y observar el crecimiento diario de las plantas me llenaba de emoción y me reconectaba con la tierra en medio de la urbanidad.
Quienes vivimos en la ciudad, de una u otra forma, sentimos el llamado de volver a ese contacto natural. Sin embargo, tener una huerta en Bogotá implica enfrentarse a ciertos fenómenos climáticos, y uno de los más desafiantes son las granizadas. Para algunos pueden ser hermosas; para otros, generan temor. Para mí, significaron una de las lecciones más profundas.
Recuerdo claramente mi primera gran experiencia. Había sembrado semillas y cada día contemplaba con ilusión los primeros brotes. Una tarde, el cielo se oscureció, el aire se volvió helado y, de repente, una intensa lluvia de granizo cayó con fuerza. En cuestión de minutos, mi huerta quedó sepultada bajo una gruesa capa de hielo. Sentí que todo había desaparecido. Ese día solo pude sentarme, tomar café y llorar frente a lo que parecía una pérdida total.
Durante semanas evité mirar la huerta; era desolador. Sin embargo, aproximadamente dos meses después, en una mañana luminosa, descubrí pequeños brotes verdes asomándose nuevamente. Mis plantas estaban vivas. Contra todo pronóstico, la huerta renació y, aunque la cosecha fue tardía, llegó. Fue entonces cuando comprendí la primera gran enseñanza: la resiliencia.
Desde entonces, han caído muchas otras tormentas de granizo que dejan la huerta sin frutos, sin flores y sin hojas, con una apariencia devastadora. Pero también he visto cómo la naturaleza se renueva cada vez. Entendí que llorar no era la solución. Más aún cuando comencé a recibir llamadas de otros huerteros frustrados por la destrucción de sus cultivos. En ese punto, la pregunta dejó de ser “¿por qué pasó?” y se convirtió en “¿qué podemos hacer?”.
Aprendí que, aunque no siempre se puede proteger al cien por ciento, existen métodos naturales para revitalizar la tierra. Uno de ellos es aplicar agua con melaza, que estimula los microorganismos del suelo, ayudándolos a reactivarse más rápido después del frío intenso y a retomar lo que yo llamo sus “labores terrícolas”.
Hoy, cada granizada ya no representa solo pérdida, sino una oportunidad para aprender y fortalecer la huerta. A todos los huerteros urbanos les digo: no se desanimen. En cada tormenta hay una lección y en cada brote que renace, una confirmación de que la naturaleza —y nosotros con ella— siempre podemos volver a empezar.